EL MISTERIO DE ROSI
CAPÍTULO I
No recuerdo
nunca haberle oído decir ni al abuelo ni a mamá que esa gente fueran familia.
Debieron de venir en una última remesa del mismo pueblo, eso es todo, de uno de
esos pueblos que salpica uno de los valles de la vega, tras el macizo
occidental. Ya sabes que los llamaban los de la Negra, a todos, no sé si por
Fina, llamada así: Fina la Negra o por su madre o por su abuela. Pero dime ¿qué
tenemos nosotros de negros? Sí, es cierto que mamá decía que los primos Pérez
no se distinguían de los hijos de aquel reyezuelo de la antigua Guinea
española, el cual pasaba aquí con su familia los veranos. Tanto los primos de
mamá como los hijos del rey tenían las espaldas y el rostro tan morenos como
los pajes de Baltasar, no muy altos, de dientes muy blancos y narices chatas, y
tan guapos los unos como los otros. Juntos formaron un equipo de remeros que
compitió en las regatas florales.
Pero, volviendo
a Fina la Negra, ¿te acuerdas de ella? Y ¿te acuerdas de Zalo? Sí, mujer, el
padre de Angélica. ¿Qué no te acuerdas de Angélica? ¡Pero, si fue a la escuela
con nosotras! ¡Cómo puedes decir que no te acuerdas de ella! ¡Era tan guapa!
Tenía una sonrisa siempre radiante. Y la única burra que quedaba en el pueblo
por aquel entonces era de ellos, de su familia. Vivían en la calle del Espíritu
Santo, y justo nada más bajar las escalerillas del camino alto, allí estaba
siempre la burra atada, con los cántaros de leche ya vacíos a cuestas, y cuando
salíamos de la escuela, la hermana mayor de Angélica‒ ¿no te acuerdas que era
la que nos traía la leche a casa?, ahora te hablaré de la moza…‒ pues eso, la
hermana mayor de Angélica recogía los cántaros para subirlos a casa después de
fregarlos bien en la fuente y entonces Angélica nos daba un paseo en la burra.
Yo no puedo olvidarme porque esas fueron las únicas veces de mi vida que he ido
en burra. ¿Y a ti te daba miedo, claro? ¡Ay! ¡Pues te perdiste esa experiencia!
Sí, es cierto, ahora gozas de perpetuas vacaciones después de haber trabajado y
cotizado toda tu vida, sí, claro, has hecho de esas rutas en pollino en las Baleares;
pero no es lo mismo haberlo vivido en la infancia.
¡Joder! ¡Que no
me lo estoy inventando! Que no te acuerdes, pues lo siento mucho. Ya sé, tú
eras muy pequeña. Es normal que tuvieras miedo de las burras.
No estoy
gritando, solo levanto un poco la voz. Y es que a veces me da la sensación de
que no es que Ana y tú no os acordéis, es como si no quisierais acordaros. ¿Qué
porqué te hablo de esa gente? Voy a escribir una novela sobre Rosi. Claro que,
si no te acuerdas de Angélica, que fue con nosotras a la escuela, y una vez me
retó a subir hasta el campanario de la vieja capilla en ruinas del antiguo
hospital y detrás de ella consiguió que mi menda reptara como un gato sobre las
tejas medio rotas, pero calientes y cantarinas, y solo con el objeto de volver
a tañer (aquí se dice tañir) la campana…‒ sí ya sé que estoy viva de milagro.
No, claro, tú tampoco te acuerdas de esa proeza mía. Ana y tú solo os acordáis
del miedo que pasabais solo por tener una hermana mayor como yo, imprudente,
loca desde que nació. Yo tendría entonces siete, ocho años. Lo de escalar hasta
el campanario fue totalmente innecesario, una absoluta gilipollez, estoy de
acuerdo contigo. Pero es que ahora tengo sesenta, querida.
Rosi… ¿Quién era
Rosí? Tómatelo como si fuera uno de esos personajes femeninos, de los que suele
aparecer en la trama secundaria de una novela de las que te quedan por leer. Te
hablo a ti justamente, porque sé que te gustan las novelas, y cuando esta esté
terminada te la dedicaré, a ti, a mi hermana, a la que no es literata; pero, si
amante de la buena literatura. A ver, Cristina, ¿cuántas novelas habrás leído
tú? Seguro que muchas más que yo. Es por eso que te tengo respeto. Tú lee, lee
y sigue leyendo, y te contaré la historia de Rosi, un alma pura que fue virgen
sin pretenderlo toda su vida y murió en santidad, supongo, y eso quisiera,
porque ella sí que fue un alma inocente y pura, tan inocente que solo quería
ser una más, una igual a todas cuando se casó… Sí, ya murió. Hace algunos años.
Por aquel entonces, cuando Angélica me paseaba en su burra por el arrabal como
si yo fuera una exótica princesa, seguía Rosi, posiblemente trabajando en
Francia. Rosi era la hermana pequeña de Gonzalo, el padre de Angélica, por
tanto, era tía carnal de Angélica.
De Gonzalo sí te
acuerdas. Claro, trabajaba en la finca del abuelo en régimen de aparcería, la
finca que luego heredaron los hijos del tío Abdón. ¿Y no te acuerdas de su hija
la mayor? Una muy guapita, cuando aquello sería una adolescente de dieciséis o diecisiete
años y nos traía la leche. Recuerdo que mamá siempre le ponía un rictus severo.
Un día le pregunté a mamá porqué no le caía bien esta chica, porque a mí sí que
me gustaba verla, era muy guapa. Y me respondió que tuvo que comentarle a su
madre y a su padre, tan buenas personas los dos, que la hija debía de estar
echando agua a la leche, para venderle no solo a los habituales, sino a otra
gente de aluvión, y sacarse así un dinerillo de extranjis para comprarse medias
de nailon y pintalabios y esas cosillas que algunas chavalitas de esa edad
solían envidiar. Supongo que le echarían la bronca. Pero ella siguió viniendo a
casa y entraba a la cocina con el cántaro y el cuartillo y la cabeza muy alta,
cosa que a mamá parecía exasperarle. Dice que ella sabía muy bien lo que era la
leche, y que ya no daba la nata que tenía que dar, y que luego no podía hacer
tantos bizcochos, ni juntar nata para la mantequilla y luego hacer unos buenos
sobaos…estaba yo estragada de repostería casera, si por lo menos la hubiera
dado por hacer galletas. Es cierto, mamá sola podía haberse montado una
mantequería pasiega. ¿Que no te haga reír? Ya, ya sé que al abuelo le pirraba
el dulce. ¿Te acuerdas de esa anécdota que nos contaba mamá, la del arroz con
leche? El plato del abuelo, para las natillas, el arroz con leche o lo que se
terciara, era un viejo plato hondo, como esos que todavía aún se usan en Rusia,
me acuerdo que era de porcelana y que tenía un borde azul pálido, una cenefa
medio borrada por el uso, y luego, mamá usaba una de las abundantes fuentes que
había por casa, una bastante honda, la de la vajilla blanca con filo y flores
de pan de oro… ¿esa no?, ¿esa era solo para las fiestas? Sí, sí. Ya sé, Si
todavía están por casa, medio desportilladas, pero todavía existen, las de
diario, Bueno, pues una de esas. Esa la llenaba en plan fuente familiar para ir
sirviendo luego los cuencos o tazas con las raciones individuales. El abuelo
siempre comía antes de que nosotras llegáramos de la escuela. Le gustaba al
hombre comer temprano. Madrugaba, hay otra anécdota: llega el abuelo con un
billete de cien pesetas en la mano… ‒ Mira lo que me he encontrado tirado en el
suelo en medio de la plaza. “Al que madruga Dios le ayuda”.
‒ Más madrugó el
que las perdió.
Te la sabes, esa la sabe todo el mundo. Indudablemente
el tipo de fe de mamá era bien distinta de la que profesaba el abuelo. ¿Termino
de contarte la primera anécdota? La del arroz con leche: ‒ Padre, le he dejado
el arroz con leche sobre la mesa de la cocina, no mire en el aparador.
Pero miró sobre
el aparador, claro que miró y lo que hizo fue zamparse la fuente entera.
¡Menudo drama! En lo más secreto de mi corazón junté las manos en acción de
gracias mientras mamá renegaba y servía las raciones individuales estirando lo
que había en el plato hondo para que llegara para todos, para ti, para Ana,
para el pequeño Ángel, para ella misma. A mí me daba lo mismo. Yo le dije que a
mí no me importaba, que no me gustaba el postre y que tampoco me gustaba el
puré.
Bien cierto, es
bien cierto. Ahora eres tú la que me está haciendo reír. Ana, que comía de todo
y estaba siempre tan flaca y yo, como el perro de San Roque que ni come ni bebe
y está gordito. Y seguimos iguales ¿eh? ¡Parece mentira! El otro dice me dice
mamá mientras veía la tele‒ Esa se parece a Ana, a tu hermana, llena de
pellejos, y yo no lo entiendo, siempre ha comido bastante más que tú, más y
mejor… Solo a la tercera consiguió que le naciera una hija proporcionada, tú.
¡En fin! El problema no era el que la leche tuviera más o menos nata o que no
llegara el arroz con leche‒ que sobraba‒, lo que le preocupaba a mamá por
aquella época respecto a aquellas exageraciones del abuelo era su salud, la
salud del abuelo. Era como si mamá se estuviera ya temiendo los arduos años que
vendrían a raíz de su muerte.
CAPÍTULO II
Al Señor Don
Patricio, ¡mira que le gusta madrugar a ese hombre! Yo aquí estoy bien de
mañanita, antes de que mis hijos se levanten para ir a la escuela. Los he
dejado con la buena de Rosi. Pero claro, yo estoy aquí porque no hay otro
remedio, a ordeñar las dos vacas que tengo ¡y esta cabrona que ya solo me da
seis litros de mañana! Pronto tendré que dejarla secar porque está preñada…
Como dice el Señor Patricio “¡No seáis ignorantes! Si vivís de esos animales
dadles lo mejor”. A ver si hay suerte y nos trae una ternera. Luego, en vez de
dos vacas tendremos tres. Pero esta cuadra es pequeña, no sé dónde vamos a
meter tres vacas. Tendré que venderla a Zalo. Ya le dije a mi hermano que no me
liara, que a mí no me interesaba echar la vaca al toro, pero él insiste que te
insiste, que es de muy buena raza y que da la mejor leche que se vende en la
calle San Marcial. Sí que haré mucho yo con cinco litros que me ha dado esta
mañana. ¡Seis, cinco!, ¡qué más da! La que es pobre es pobre y tendrá que
fastidiarse… Déjame que haga las cuentas: cinco y siete largos de la Rocina,
puede que llegue a 14 litros con suerte, ósea 56 cuartillos, a una perra el
cuartillo son 28 pesetas… Y con eso, si puedo tirar con 8 pesetas (compra el
pan, que hay tres niños, y el hombre que hoy ya es viernes, este para cenar, ya
se zampa él solo una barra entera, unta y unta en los dos huevos fritos, y
luego Rosi y yo, que a nosotras ya nos da igual, a mí dame el currusco, eso sí,
y el pan duro, ¡que hay quien tira el pan duro! Pero claro, también hay que
comprar el pienso para estas, se está acabando el saco. Y comprar también de
paso maíz para las gallinas. ¡Qué va! No me va a dar, no me va a dar con ocho
pesetas para el día. Es el cumpleaños del pequeño y me ha dicho Rosi que compre
chocolate. Pero le diré a Rosi que lo siento, que qué necesidad tiene de
decirle al niño que es su cumpleaños. Lo que no puede faltar es el lomo ¡para
meter mañana sábado en el bocadillo al marido!, que buenos jornales me trae…
Hombre más bueno no le hay. Ya he tenido suerte, ya. Un padre de familia como
el marido mío vale por dos. Y las malas pécoras de las vecinas que van diciendo
por ahí, que ahora que se va a Bilbao a la obra, estoy yo metiendo en la cama
otro hombre. ¡Serán malas las malas pécoras! Mi marido está aprendiendo ya para
albañil, que no es un simple peón y las corroe la envidia. Con su sueldo ya
tengo ya la casa pagada, bueno, casi pagada, poco a poco. A Rosi habrá que
convencerla y darle el último empujón para que se vaya a Francia a servir.
Pero, pero este
Zalo, mira que convencerme para que echase la vaca al toro. Ya le digo yo
muchas veces que “menos” es más, Zalo, “menos” es más. En vez de 14 litros esta mañana tendrían que
ser 16 si este hermano mío no me llega a arrastrar por la senda de la ambición.
¡Madre del Dios Hermoso! ¡Cuatro pesetas más de mi vida! Le dije a Rosi que con
la leche de la tarde me retirara la nata y que hiciera mantequilla, que la
pesada del hotel Costa la quiere para su hijito mimado, con lo que le dé la Doña
Laura que compre el chocolate. Un poco de chocolate no os vendrá mal a ninguno.
De los 14 litros de la tarde, son seis para casa y ocho para las vecinas‒, lo
que hacen 16 pesetas más‒ claro que luego, estas cabronas me vendrán diciendo
que la leche no tiene nata. ¡Mira! Que haga Rosi lo que quiera. Si ya lo digo
yo, si es una santa, si es capaz de poner ella de su bolsillo lo del chocolate.
Cuantas veces la Doña Laura me la lía para hacer camas y fregar lo que tiene de
dos días en la pila y le da perra y media la muy explotadora, que se queja de
que la mantequilla ya la vendemos también nosotras bien cara. Y con el cuento
de que le da algo de trabajo a la Rosi le paga una peseta menos. ¡Pues si
venden la mantequilla al triple de lo que vale el litro de leche por ahí! Y
hacen bien. Una explotadora es la tipa esa. Pero vas a ver, vas a ver, cuando
mi Rosi se vaya a Francia. Yo ya tengo casi mi casa pagada y los niños ya son
grandes ¡y que las criaturas son mías! ¡Que el cabrón del mi marido no hace más
que hacerme hijos! ¡Ya vamos por el tercero! Y menos mal que ahora lo está
ganado bien…‒ ¡Aparta, Margarita!‒ ya tiene sueldo de albañil, pero este verano
que trabaje en Laredo, a mí lo de pagar pensiones en Bilbao, y para que luego
hablen de una no me convence. Pero si es la santa de mi hermana la que duerme
conmigo en la misma cama cuando no está este hombre. Dormimos con el Niñuco,
cabemos los tres. Y cuando está mi santo se va ella a la cama de la cocina con
el Niñuco, que si no nos da luego mucho la lata. Tendré que comprar una cama un
poco más grande para los otros niños, que van creciendo y es imposible que me
entren dos camas en esa alcoba… y las literas no me gustan que, luego los niños
lo mismo saltan de la de arriba y se te matan. Doña Valentina, la de los
muebles Hoyo, la hermana del Señor Patricio dice que me vende a plazos una muy
guapa de uno, cinco. La Doña Laura, con que iba a retirar unas camas del hotel,
y nos ha dado dos tan apolilladas que ya le dije a Apolinar, que me las hiciera
leña. Eso sí, los colchones, los hemos podido aprovechar, no le han dado poco
trabajo a la pobre Rosi. Hemos tenido que volver a lavar la lana ¡con sosa cáustica
que hasta pulgas tenían los colchones esos! ¡No saltaban a manta de ellas!
cuando vaciamos los colchones y empezamos a varear toda la lana para mullirlos
bien. Menos mal que se nos ocurrió traerlos para acá, los dichosos colchones de
la Doña Laura, al prado y bien cerca de la mar, porque vaya invasión, vaya
pulguerío, yo porque tengo la piel más dura, que por algo me llaman Fina la Negra;
pero la pobre Rosi acabó comida entera, hasta a la cara le acabaron saltando
las putas pulgas. Buena fregada que se tuvo que dar luego con la bola
maravillosa. Ya le dije “no se te ocurra entrar en casa con ese pulguerío
encima”. Le traje un bañador y una toalla y le dije que se bajara al Ahíla a
sobarse bien con la bola maravillosa y el agua de mar bien templada, y en una
poza, entre las rocas, la ayudé a desnudarse ¡no lloraba poco la pobrezuca mía,
con el miedo de que la fueran a ver y luego dijeran cualquier barbaridad de
ella. Y mientras tanto allí mismo le lavé yo las bragas el sostén, la
combinación, el vestido y el delantal. Nunca me olvidaré de como salían las
pulgas flotando entre la espuma de las olas y la bola maravillosa. Luego una
decía que, el marido suyo cuando iba para la viña había visto a la Rosi tomando
el sol en la atalaya en bañador, que si no era bien moderna la que parecía
medio tonta. Y que la Rocina mugía porque ya se venía la hora del ordeño y no
había nadie para atenderla. Y dale que dale sécalo en el verde, desmadeja al
sol toda aquella lana que en menudo lío nos metió. ¡Cuántas tardes nos llevó! Y
todavía salían como liendres las putas pulgas, las que allí se quedaron pegadas
como liendres muertas enteras. ¡No nos dio poco trabajo! Y el callo que le
hicieron en los dedos, tan minuciosa ella, los vellones, que los dejó de nuevo,
blancos y mullidos como las nubes del cielo azul.
‒ ¡Quita para
ahí, Rocina!
“Mira, por ahí
va el Señor Don Patricio. Ya casi está arriba en la finca. Es bajito el hombre;
Pero debe de llevar puestas las botas del Gato Siete Leguas.
“Y ahora carga
el mulo con los dos cántaros‒ Seis lleva la burra de mi hermano, leche como
para llenar la bañera de la Cleopatra esa‒. Y que no me pidan muchas la
corredura, que si no los 14 litros se me quedan en 26 peseta y a ver qué hago
yo con seis pesetas para el día, porque las 20 ¡esas, por estas‒ y me beso los
dedos‒ las tengo que ahorrar.”