domingo, 14 de septiembre de 2025

EL MILAGRO DE ROSI

                                              EL MISTERIO DE ROSI

 

 

                                                                     CAPÍTULO I

 

No recuerdo nunca haberle oído decir ni al abuelo ni a mamá que esa gente fueran familia. Debieron de venir en una última remesa del mismo pueblo, eso es todo, de uno de esos pueblos que salpica uno de los valles de la vega, tras el macizo occidental. Ya sabes que los llamaban los de la Negra, a todos, no sé si por Fina, llamada así: Fina la Negra o por su madre o por su abuela. Pero dime ¿qué tenemos nosotros de negros? Sí, es cierto que mamá decía que los primos Pérez no se distinguían de los hijos de aquel reyezuelo de la antigua Guinea española, el cual pasaba aquí con su familia los veranos. Tanto los primos de mamá como los hijos del rey tenían las espaldas y el rostro tan morenos como los pajes de Baltasar, no muy altos, de dientes muy blancos y narices chatas, y tan guapos los unos como los otros. Juntos formaron un equipo de remeros que compitió en las regatas florales.

Pero, volviendo a Fina la Negra, ¿te acuerdas de ella? Y ¿te acuerdas de Zalo? Sí, mujer, el padre de Angélica. ¿Qué no te acuerdas de Angélica? ¡Pero, si fue a la escuela con nosotras! ¡Cómo puedes decir que no te acuerdas de ella! ¡Era tan guapa! Tenía una sonrisa siempre radiante. Y la única burra que quedaba en el pueblo por aquel entonces era de ellos, de su familia. Vivían en la calle del Espíritu Santo, y justo nada más bajar las escalerillas del camino alto, allí estaba siempre la burra atada, con los cántaros de leche ya vacíos a cuestas, y cuando salíamos de la escuela, la hermana mayor de Angélica‒ ¿no te acuerdas que era la que nos traía la leche a casa?, ahora te hablaré de la moza…‒ pues eso, la hermana mayor de Angélica recogía los cántaros para subirlos a casa después de fregarlos bien en la fuente y entonces Angélica nos daba un paseo en la burra. Yo no puedo olvidarme porque esas fueron las únicas veces de mi vida que he ido en burra. ¿Y a ti te daba miedo, claro? ¡Ay! ¡Pues te perdiste esa experiencia! Sí, es cierto, ahora gozas de perpetuas vacaciones después de haber trabajado y cotizado toda tu vida, sí, claro, has hecho de esas rutas en pollino en las Baleares; pero no es lo mismo haberlo vivido en la infancia.

¡Joder! ¡Que no me lo estoy inventando! Que no te acuerdes, pues lo siento mucho. Ya sé, tú eras muy pequeña. Es normal que tuvieras miedo de las burras.

No estoy gritando, solo levanto un poco la voz. Y es que a veces me da la sensación de que no es que Ana y tú no os acordéis, es como si no quisierais acordaros. ¿Qué porqué te hablo de esa gente? Voy a escribir una novela sobre Rosi. Claro que, si no te acuerdas de Angélica, que fue con nosotras a la escuela, y una vez me retó a subir hasta el campanario de la vieja capilla en ruinas del antiguo hospital y detrás de ella consiguió que mi menda reptara como un gato sobre las tejas medio rotas, pero calientes y cantarinas, y solo con el objeto de volver a tañer (aquí se dice tañir) la campana…‒ sí ya sé que estoy viva de milagro. No, claro, tú tampoco te acuerdas de esa proeza mía. Ana y tú solo os acordáis del miedo que pasabais solo por tener una hermana mayor como yo, imprudente, loca desde que nació. Yo tendría entonces siete, ocho años. Lo de escalar hasta el campanario fue totalmente innecesario, una absoluta gilipollez, estoy de acuerdo contigo. Pero es que ahora tengo sesenta, querida.

Rosi… ¿Quién era Rosí? Tómatelo como si fuera uno de esos personajes femeninos, de los que suele aparecer en la trama secundaria de una novela de las que te quedan por leer. Te hablo a ti justamente, porque sé que te gustan las novelas, y cuando esta esté terminada te la dedicaré, a ti, a mi hermana, a la que no es literata; pero, si amante de la buena literatura. A ver, Cristina, ¿cuántas novelas habrás leído tú? Seguro que muchas más que yo. Es por eso que te tengo respeto. Tú lee, lee y sigue leyendo, y te contaré la historia de Rosi, un alma pura que fue virgen sin pretenderlo toda su vida y murió en santidad, supongo, y eso quisiera, porque ella sí que fue un alma inocente y pura, tan inocente que solo quería ser una más, una igual a todas cuando se casó… Sí, ya murió. Hace algunos años. Por aquel entonces, cuando Angélica me paseaba en su burra por el arrabal como si yo fuera una exótica princesa, seguía Rosi, posiblemente trabajando en Francia. Rosi era la hermana pequeña de Gonzalo, el padre de Angélica, por tanto, era tía carnal de Angélica.

De Gonzalo sí te acuerdas. Claro, trabajaba en la finca del abuelo en régimen de aparcería, la finca que luego heredaron los hijos del tío Abdón. ¿Y no te acuerdas de su hija la mayor? Una muy guapita, cuando aquello sería una adolescente de dieciséis o diecisiete años y nos traía la leche. Recuerdo que mamá siempre le ponía un rictus severo. Un día le pregunté a mamá porqué no le caía bien esta chica, porque a mí sí que me gustaba verla, era muy guapa. Y me respondió que tuvo que comentarle a su madre y a su padre, tan buenas personas los dos, que la hija debía de estar echando agua a la leche, para venderle no solo a los habituales, sino a otra gente de aluvión, y sacarse así un dinerillo de extranjis para comprarse medias de nailon y pintalabios y esas cosillas que algunas chavalitas de esa edad solían envidiar. Supongo que le echarían la bronca. Pero ella siguió viniendo a casa y entraba a la cocina con el cántaro y el cuartillo y la cabeza muy alta, cosa que a mamá parecía exasperarle. Dice que ella sabía muy bien lo que era la leche, y que ya no daba la nata que tenía que dar, y que luego no podía hacer tantos bizcochos, ni juntar nata para la mantequilla y luego hacer unos buenos sobaos…estaba yo estragada de repostería casera, si por lo menos la hubiera dado por hacer galletas. Es cierto, mamá sola podía haberse montado una mantequería pasiega. ¿Que no te haga reír? Ya, ya sé que al abuelo le pirraba el dulce. ¿Te acuerdas de esa anécdota que nos contaba mamá, la del arroz con leche? El plato del abuelo, para las natillas, el arroz con leche o lo que se terciara, era un viejo plato hondo, como esos que todavía aún se usan en Rusia, me acuerdo que era de porcelana y que tenía un borde azul pálido, una cenefa medio borrada por el uso, y luego, mamá usaba una de las abundantes fuentes que había por casa, una bastante honda, la de la vajilla blanca con filo y flores de pan de oro… ¿esa no?, ¿esa era solo para las fiestas? Sí, sí. Ya sé, Si todavía están por casa, medio desportilladas, pero todavía existen, las de diario, Bueno, pues una de esas. Esa la llenaba en plan fuente familiar para ir sirviendo luego los cuencos o tazas con las raciones individuales. El abuelo siempre comía antes de que nosotras llegáramos de la escuela. Le gustaba al hombre comer temprano. Madrugaba, hay otra anécdota: llega el abuelo con un billete de cien pesetas en la mano… ‒ Mira lo que me he encontrado tirado en el suelo en medio de la plaza. “Al que madruga Dios le ayuda”.

‒ Más madrugó el que las perdió.

 Te la sabes, esa la sabe todo el mundo. Indudablemente el tipo de fe de mamá era bien distinta de la que profesaba el abuelo. ¿Termino de contarte la primera anécdota? La del arroz con leche: ‒ Padre, le he dejado el arroz con leche sobre la mesa de la cocina, no mire en el aparador.

Pero miró sobre el aparador, claro que miró y lo que hizo fue zamparse la fuente entera. ¡Menudo drama! En lo más secreto de mi corazón junté las manos en acción de gracias mientras mamá renegaba y servía las raciones individuales estirando lo que había en el plato hondo para que llegara para todos, para ti, para Ana, para el pequeño Ángel, para ella misma. A mí me daba lo mismo. Yo le dije que a mí no me importaba, que no me gustaba el postre y que tampoco me gustaba el puré.

Bien cierto, es bien cierto. Ahora eres tú la que me está haciendo reír. Ana, que comía de todo y estaba siempre tan flaca y yo, como el perro de San Roque que ni come ni bebe y está gordito. Y seguimos iguales ¿eh? ¡Parece mentira! El otro dice me dice mamá mientras veía la tele‒ Esa se parece a Ana, a tu hermana, llena de pellejos, y yo no lo entiendo, siempre ha comido bastante más que tú, más y mejor… Solo a la tercera consiguió que le naciera una hija proporcionada, tú. ¡En fin! El problema no era el que la leche tuviera más o menos nata o que no llegara el arroz con leche‒ que sobraba‒, lo que le preocupaba a mamá por aquella época respecto a aquellas exageraciones del abuelo era su salud, la salud del abuelo. Era como si mamá se estuviera ya temiendo los arduos años que vendrían a raíz de su muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                  CAPÍTULO II

 

Al Señor Don Patricio, ¡mira que le gusta madrugar a ese hombre! Yo aquí estoy bien de mañanita, antes de que mis hijos se levanten para ir a la escuela. Los he dejado con la buena de Rosi. Pero claro, yo estoy aquí porque no hay otro remedio, a ordeñar las dos vacas que tengo ¡y esta cabrona que ya solo me da seis litros de mañana! Pronto tendré que dejarla secar porque está preñada… Como dice el Señor Patricio “¡No seáis ignorantes! Si vivís de esos animales dadles lo mejor”. A ver si hay suerte y nos trae una ternera. Luego, en vez de dos vacas tendremos tres. Pero esta cuadra es pequeña, no sé dónde vamos a meter tres vacas. Tendré que venderla a Zalo. Ya le dije a mi hermano que no me liara, que a mí no me interesaba echar la vaca al toro, pero él insiste que te insiste, que es de muy buena raza y que da la mejor leche que se vende en la calle San Marcial. Sí que haré mucho yo con cinco litros que me ha dado esta mañana. ¡Seis, cinco!, ¡qué más da! La que es pobre es pobre y tendrá que fastidiarse… Déjame que haga las cuentas: cinco y siete largos de la Rocina, puede que llegue a 14 litros con suerte, ósea 56 cuartillos, a una perra el cuartillo son 28 pesetas… Y con eso, si puedo tirar con 8 pesetas (compra el pan, que hay tres niños, y el hombre que hoy ya es viernes, este para cenar, ya se zampa él solo una barra entera, unta y unta en los dos huevos fritos, y luego Rosi y yo, que a nosotras ya nos da igual, a mí dame el currusco, eso sí, y el pan duro, ¡que hay quien tira el pan duro! Pero claro, también hay que comprar el pienso para estas, se está acabando el saco. Y comprar también de paso maíz para las gallinas. ¡Qué va! No me va a dar, no me va a dar con ocho pesetas para el día. Es el cumpleaños del pequeño y me ha dicho Rosi que compre chocolate. Pero le diré a Rosi que lo siento, que qué necesidad tiene de decirle al niño que es su cumpleaños. Lo que no puede faltar es el lomo ¡para meter mañana sábado en el bocadillo al marido!, que buenos jornales me trae… Hombre más bueno no le hay. Ya he tenido suerte, ya. Un padre de familia como el marido mío vale por dos. Y las malas pécoras de las vecinas que van diciendo por ahí, que ahora que se va a Bilbao a la obra, estoy yo metiendo en la cama otro hombre. ¡Serán malas las malas pécoras! Mi marido está aprendiendo ya para albañil, que no es un simple peón y las corroe la envidia. Con su sueldo ya tengo ya la casa pagada, bueno, casi pagada, poco a poco. A Rosi habrá que convencerla y darle el último empujón para que se vaya a Francia a servir.

Pero, pero este Zalo, mira que convencerme para que echase la vaca al toro. Ya le digo yo muchas veces que “menos” es más, Zalo, “menos” es más.  En vez de 14 litros esta mañana tendrían que ser 16 si este hermano mío no me llega a arrastrar por la senda de la ambición. ¡Madre del Dios Hermoso! ¡Cuatro pesetas más de mi vida! Le dije a Rosi que con la leche de la tarde me retirara la nata y que hiciera mantequilla, que la pesada del hotel Costa la quiere para su hijito mimado, con lo que le dé la Doña Laura que compre el chocolate. Un poco de chocolate no os vendrá mal a ninguno. De los 14 litros de la tarde, son seis para casa y ocho para las vecinas‒, lo que hacen 16 pesetas más‒ claro que luego, estas cabronas me vendrán diciendo que la leche no tiene nata. ¡Mira! Que haga Rosi lo que quiera. Si ya lo digo yo, si es una santa, si es capaz de poner ella de su bolsillo lo del chocolate. Cuantas veces la Doña Laura me la lía para hacer camas y fregar lo que tiene de dos días en la pila y le da perra y media la muy explotadora, que se queja de que la mantequilla ya la vendemos también nosotras bien cara. Y con el cuento de que le da algo de trabajo a la Rosi le paga una peseta menos. ¡Pues si venden la mantequilla al triple de lo que vale el litro de leche por ahí! Y hacen bien. Una explotadora es la tipa esa. Pero vas a ver, vas a ver, cuando mi Rosi se vaya a Francia. Yo ya tengo casi mi casa pagada y los niños ya son grandes ¡y que las criaturas son mías! ¡Que el cabrón del mi marido no hace más que hacerme hijos! ¡Ya vamos por el tercero! Y menos mal que ahora lo está ganado bien…‒ ¡Aparta, Margarita!‒ ya tiene sueldo de albañil, pero este verano que trabaje en Laredo, a mí lo de pagar pensiones en Bilbao, y para que luego hablen de una no me convence. Pero si es la santa de mi hermana la que duerme conmigo en la misma cama cuando no está este hombre. Dormimos con el Niñuco, cabemos los tres. Y cuando está mi santo se va ella a la cama de la cocina con el Niñuco, que si no nos da luego mucho la lata. Tendré que comprar una cama un poco más grande para los otros niños, que van creciendo y es imposible que me entren dos camas en esa alcoba… y las literas no me gustan que, luego los niños lo mismo saltan de la de arriba y se te matan. Doña Valentina, la de los muebles Hoyo, la hermana del Señor Patricio dice que me vende a plazos una muy guapa de uno, cinco. La Doña Laura, con que iba a retirar unas camas del hotel, y nos ha dado dos tan apolilladas que ya le dije a Apolinar, que me las hiciera leña. Eso sí, los colchones, los hemos podido aprovechar, no le han dado poco trabajo a la pobre Rosi. Hemos tenido que volver a lavar la lana ¡con sosa cáustica que hasta pulgas tenían los colchones esos! ¡No saltaban a manta de ellas! cuando vaciamos los colchones y empezamos a varear toda la lana para mullirlos bien. Menos mal que se nos ocurrió traerlos para acá, los dichosos colchones de la Doña Laura, al prado y bien cerca de la mar, porque vaya invasión, vaya pulguerío, yo porque tengo la piel más dura, que por algo me llaman Fina la Negra; pero la pobre Rosi acabó comida entera, hasta a la cara le acabaron saltando las putas pulgas. Buena fregada que se tuvo que dar luego con la bola maravillosa. Ya le dije “no se te ocurra entrar en casa con ese pulguerío encima”. Le traje un bañador y una toalla y le dije que se bajara al Ahíla a sobarse bien con la bola maravillosa y el agua de mar bien templada, y en una poza, entre las rocas, la ayudé a desnudarse ¡no lloraba poco la pobrezuca mía, con el miedo de que la fueran a ver y luego dijeran cualquier barbaridad de ella. Y mientras tanto allí mismo le lavé yo las bragas el sostén, la combinación, el vestido y el delantal. Nunca me olvidaré de como salían las pulgas flotando entre la espuma de las olas y la bola maravillosa. Luego una decía que, el marido suyo cuando iba para la viña había visto a la Rosi tomando el sol en la atalaya en bañador, que si no era bien moderna la que parecía medio tonta. Y que la Rocina mugía porque ya se venía la hora del ordeño y no había nadie para atenderla. Y dale que dale sécalo en el verde, desmadeja al sol toda aquella lana que en menudo lío nos metió. ¡Cuántas tardes nos llevó! Y todavía salían como liendres las putas pulgas, las que allí se quedaron pegadas como liendres muertas enteras. ¡No nos dio poco trabajo! Y el callo que le hicieron en los dedos, tan minuciosa ella, los vellones, que los dejó de nuevo, blancos y mullidos como las nubes del cielo azul.

‒ ¡Quita para ahí, Rocina!

“Mira, por ahí va el Señor Don Patricio. Ya casi está arriba en la finca. Es bajito el hombre; Pero debe de llevar puestas las botas del Gato Siete Leguas.

“Y ahora carga el mulo con los dos cántaros‒ Seis lleva la burra de mi hermano, leche como para llenar la bañera de la Cleopatra esa‒. Y que no me pidan muchas la corredura, que si no los 14 litros se me quedan en 26 peseta y a ver qué hago yo con seis pesetas para el día, porque las 20 ¡esas, por estas‒ y me beso los dedos‒ las tengo que ahorrar.”

 

 

  

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